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Luces y sombras en el Día Internacional de la Mujer

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La discriminación y el maltrato a las mujeres es un problema de todos los países. Por eso, el Día de la Mujer ofrece una buena ocasión para hacer un balance y promover cambios

Desde que en 1977 la ONU adoptara el 8 de marzo para conmemorar el Día Internacional de la Mujer, esta fecha ha ido ganando impacto y notoriedad. 1977 es también el año emblemático en que los Derechos Humanos se imponen en la agenda pública internacional puesto que su inclusión en los acuerdos de Helsinkifirmados por Estados Unidos y la Unión Soviética abrió una brecha ideológica en el pensamiento totalitario que dominaba en los países del socialismo realmente existente.

Entretanto el Día Internacional de la Mujer es feriado en treinta países del mundo y en muchos otros supera la movilización tradicional del Día del Trabajo, el 1 de mayo. El feminismo, como los Derechos Humanos, es un producto de la Ilustración del siglo XVIII y nada lo expresa mejor que las palabras que pronunciara en 1793 la escritora Olimpia de Gouges, antes de poner la cabeza para que rodara bajo el peso de la guillotina revolucionaria: “Puesto que las mujeres podemos subir al cadalso, deberíamos también tener derecho a sentarnos en las curules del Parlamento”.

Sin embargo el derecho al voto y a la elección de mujeres solo se comenzó a conquistar en 1906, cuando Finlandia los introdujo en su legislación. En nuestro país llegó cincuenta años más tarde, por decisión del general Manuel Odría, quien esperaba reforzar el voto conservador. Se equivocó.

Lo que ahora nos parecen conquistas evidentes, la autonomía jurídica, la igualdad salarial, los derechos reproductivos, la sanción al acoso son avances de la legislación que han ido erosionando uno de los prejuicios más universales y arraigados: la inferioridad de la mujer y su consecuente sumisión al hombre. Incluso algunos de los sabios más influyentes contribuyeron a consolidar una ideología en la que la inferioridad de la mujer era una verdad establecida.

Aristóteles estaba persuadido de que el cerebro de las mujeres pesaba menos que el de los hombres, Tomás de Aquino escribió que el alma entra a los fetos femeninos mucho más tarde que a los fetos masculinos. Y Nietzsche creyó agudo y gracioso definir a la mujer como “un animal con cabellos largos e ideas cortas”.

Hoy, afortunadamente, la inmensa mayoría de los países asume la igualdad de derechos, pero no hay país en el que no subsistan normas o prácticas que perpetúan la desigualdad. Christine Lagarde es la primera mujer que ejerce la dirección del Fondo Monetario Internacional, después de haber sido la primera mujer nombrada ministra de Economía en un país del Grupo de los 7.

En referencia a la crisis financiera producida por la quiebra del Banco Lehman Brothers (Hermanos Lehman), Lagarde ha dicho: “La crisis se hubiera evitado si el banco  hubiese sido Lehman Sisters  (Hermanas Lehman)”. Lagarde deplora que “la dominación masculina siga prevaleciendo en el decisivo mundo de las finanzas y la banca, puesto que el número de mujeres en altos puestos ejecutivos se halla en disminución en las plazas financieras del Reino Unido y Estados Unidos”.

La discriminación de género y peor aún, la violencia contra mujeres, nace en la mente de varones a los que tranquiliza y satisface sentirse superiores. Pero se traduce en términos económicos. Como ha dicho Christine Lagarde la solución a los estragos del tenaz prejuicio patriarcal pasa por la atribución de presupuestos que promuevan la educación y también por la exigencia de cuentas a las autoridades.

En nuestro país, todos los ministerios tienen unidades encargadas de velar por la igualdad de género, pero de cada cien mujeres que trabaja, menos de cuarenta reciben un salario. Y ese salario suele ser inferior al de los varones. Y como sabemos, las cifras del feminicidio son peores que las del año pasado.